Cometí crímenes de guerra contra los goblins en Baldur’s Gate 3, pero resulta que tengo a la verdadera enemiga en casa

Cometí crímenes de guerra contra los goblins en Baldur’s Gate 3, pero resulta que tengo a la verdadera enemiga en casa

marzo 12, 2024 Desactivado Por

Mi recomendación de esta semana para cualquier aventurero de Baldur’s Gate 3 consiste en no acercarse, y mucho menos introducirse, en el primer agujero con el que te cruces en tu viaje. Ese fue mi gran error al llegar a la Aldea marchita tras tener mi primer contacto con la Absoluta, esa diosa que genera una devoción extraña entre sus fieles. Una furibunda secta de enajenados es un problema, aunque quizás no tan grande como explorar el nido de arañas gigantes en lo más profundo de un pozo.

Calculo que debí perder casi dos horas en superar una pequeña mazmorra no apta para los que tengan fobia a los insectos y con una recompensa que quiero creer que todavía no sé sacarle partido. Una amatista negra que rezuma oscuridad no parece muy agradable de llevar en el bolsillo, pero el mismo prejuicio tenía del trío de ogros que charlan entre sonidos guturales rodeados de cadáveres. Meten miedo de verdad, no solo por su enorme tamaño, sino porque apenas son capaces de conectar dos neuronas para procesar su deseo de abrirme el cráneo.

Por suerte, uno de ellos parece salido de una sesión con la señorita Rottenmeier y con él consigo llegar al punto en el que puedo negociar una alianza. Mi propósito es colarme en mitad del campamento de los goblins, liberar a Halsin y conseguir que Kagha deje de hacer el capullo intentando cerrar la Arboleda. Aunque soy un fan extremista del sigilo, no puedo negar una ayuda consistente en tres brutos con garrotes y una envergadura desmedida, pero todo se reduce a lograr una tirada de 20 con el dado.

A pesar de que activar todos los bonificadores posibles y de que mi personaje tenga las aptitudes dirigidas hacia el carisma, fracaso estrepitosamente. No hay segundas oportunidades ni reválidas que valgan, al igual que al pobre enano que encuentro atado al aspa de un molino en marcha. La Aldea Marchita no está tan muerta como parece, ya que los goblins se lo pasan bien hasta con una piedra, aunque sus dotes matemáticas son tan burdas que me permiten reírme de ellos para que dejen en paz al pobre diablo. En cuanto paro la maquinaria del molino le pido algún botín por haberle ayudado, a lo cual se niega y me parece fantástico; yo tampoco tengo problema en volver a activar el molino para que dé más vueltas que Fernando Alonso en Bahréin.

Eso sí, no entraba en mis planes que la velocidad fuese tan disparatadamente alta que saliese disparado cual cohete al espacio, así que, con suerte, encontraré su cadáver con alguna nota lamentando su desdicha. Así pues, mi dirección es hacia el mismísimo infierno infestado de goblins hasta las trancas y lo cierto es que no me podía figurar semejante caos. Viven entre las ruinas, en una suerte de estercolero cuyo olor debe bailar entre nauseabundo y putrefacto, pero parece que les da completamente igual. No son duros de mollera, sino que sencillamente tienen la inteligencia justa para que la baba no se les caiga de la boca.

He de presentarme ante ellos con pies de plomo, sobre todo a tenor de que tienen a un trovador, Volo, como su mono de feria en mitad de una plaza donde están asando cualquier bicho viviente. A pesar de ello, no me amilano lo más mínimo cuando un estúpido goblin se rebota ante mí y le pide que le bese los pies. Le meto una paliza de época frente a todos y, ahora sí, le exijo que me besuquee los zapatos si no quiere irse al otro barrio. Me odia hasta las trancas y es posible que me lo vuelva a cruzar en Baldur’s Gate 3, pero la anécdota ha sido tremendamente satisfactoria. «Simple justicia poética mordaz», tal y como me recuerda Gale.

Cuando consigo colarme entre los muros de piedra, comienzo a darme cuenta de lo que sucede en realidad. No estoy seguro de que exista la Absoluta, pero los gusanos de los Azotamentes han sido imbuidos con una extraña magia que convierte a los infectados en devotos con el firme propósito de convertir a su fe a todo el mundo. Minthara, Tripas y Ragzlin son conocidas como Almas Leales, seres elegidos por la Absoluta para profesar sus designios y yo soy uno de ellos, pero con la particularidad de que no me he visto afectado por el pensamiento religioso.

Mientras me decido a qué hacer, consigo llegar a las catacumbas y liberar a Halsin, previa escabechina con niños goblin muertos. El líder de los druidas me revela que tendré que acabar con el trío calavera si quiero evitar la masacre contra la Arboleda y los tieflings, pero no puede ayudarme en la batalla. Se le iría la cabeza en la refriega transformándose en oso, así que se queda en el banquillo. Sin embargo, me revela información muy interesante.

La Torre de los Alzalunas es el lugar al que debo acudir para resolver este misterio, ya no solo porque me lo diga Halsin, sino porque una visitante onírica me lo dice en sueños. El problema será cómo llegar hasta allí, pero ese será un tema de cara al futuro, pues es momento de acabar con todos los líderes. A Tripas consigo engañarla para llevarla hasta sus aposentos y acabar con ella, a Minthara la aniquilo consiguiendo que caiga por el hueco que ocupaba un puente de madera, aunque todo se complica con Ragzlin. No averiguo ni un solo método para matarlo sin llamar la atención, por lo que me involucro en una refriega directa, el peor escenario posible para un pícaro de malas artes como yo.

¿Recordáis el meme de «Phew, that escalated quickly»? Eso es precisamente lo que me sucedió cuando le planté cara a Ragzlin, ya que TODO goblin viviente se enteró de la lucha y fueron a por mí. No quiero recordar la cantidad de veces que tuve que cargar partida y que vi la pantalla de Game Over hasta que me salí con la mía, pero fue una verdadera tortura. Liberé a unas arañas gigantes para que me ayudasen, aunque al final se volvieron en mi contra y también tuve que acabar con ellas. No he hecho cálculos, pero la ONU tiene cadáveres suficientes como para pedir mi ingreso en prisión de por vida. No dejé a nadie vivo, ni a uno solo de esos trogloditas enanos.

Me hubiese vuelto con una sonrisa en la cara a la Arboleda, de no ser porque he de abrir el melón de los tremendos personajes que tengo como compañeros de equipo. Lo de que Astarion es un vampiro sediento de sangre ya lo sabía y lo de que  Gale tenía un pequeño secretito apocalíptico también, pero es que el mago me cuenta que necesita consumir objetos mágicos para frenar el fin del universo. Raro de narices, pero no tanto como lo que se trae entre manos Corazón Sombrío.

Esta auténtica chalada es una seguidora de Shar, la diosa de la oscuridad y la pérdida, y sigue a rajatabla todos sus designios. Le faltan tornillos en la cabeza para entender que no debe seguir ese camino, pero es que resulta que fue salvada de los lobos por la secta cuando era pequeña, así que les debe todo. En su propósito de complacerles, ha aceptado una misión sagrada que apenas recuerda y que la convertirá en la verduga oscura que condenará el mundo a las tinieblas.

Yo no me puedo fiar de nadie y mucho menos del extraño aparato que lleva consigo  que emite unos pulsos extraños, el cual se lo robó a un grupo de githyanki. No se acuerda de nada y las pocas memorias que tiene en su mente prefiere guardárselas por pura desconfianza. Seguro que a Lae’ezel no le va a hacer ninguna gracia y menos a Halsin si se entera de que tengo a semejante loca entre mis filas. Estoy seguro de que el devenir de la fe de Corazón Sombrío tendrá un papel trascendental en Baldur’s Gate 3, así que toca reflexionar sobre lo que hacer antes de seguir adelante con tamaño peligro en mi campamento.

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Cometí crímenes de guerra contra los goblins en Baldur’s Gate 3, pero resulta que tengo a la verdadera enemiga en casa

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Vida Extra

por
Juan Sanmartín

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